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Experiencia del ejercicio en el embarazo
Por: Daniela Isabel

No cabe duda que hacer ejercicio a lo largo de toda nuestra vida mejoraría considerablemente las condiciones de ésta, sin embargo la mayoría de las personas siempre encontramos muy buenas razones para dejarlo de lado argumentando que nos falta tiempo, espacio, dinero para asistir a un gimnasio o simplemente que por alguna condición física como lo es el embarazo, nos es imposible realizarlo.

Casualmente, cuando supe que estaba embarazada tenía tres meses de haber regresado a practicar artes marciales, hacía gimnasia psicofísica y Hata Yoga para mi propio beneficio físico, y daba dos clases más de Yoga a la semana. Al principio me sentía muy ligera y pensé en seguir con mi rutina de ejercicio pero cuando lo comenté con mi ginecóloga me recomendó evitar los ejercicios de contacto como las artes marciales.

Cuando tenía dos meses de embarazo padecía de flojera excesiva y tenía sueño todo el tiempo. En el lugar al que iba a practicar Hata Yoga me dijeron que no era recomendable seguir asistiendo ya que esos ejercicios no eran los adecuados para una mujer embarazada, así que intenté integrarme a un grupo de “yoga de para parto”, pero los movimientos eran tan lentos y suaves que me relajaba demasiado y a mitad de la clase ya estaba profundamente dormida en la colchoneta. Decidí que para hacer ejercicio no necesitaba asistir a ningún lugar en especial, me documenté a cerca de los ejercicios que podían afectar a mi bebé y simplemente los eliminé de mi rutina. Fue así como me quedé en casita, adapté un sitio en mi muy pequeño departamento y organicé una serie de ejercicios con los que me sentía cómoda. No digo que fue fácil, es cierto que estando en casa, muchas veces da pereza y por el contrario los grupos generalmente motivan, pero a mí no me funcionó así y yo sabía de la importancia que tenía el ejercicio más que nunca en esa etapa de mi vida por lo que no permitiría que la flojera me ganara. Acepto que entre los ascos, el trabajo y mis siestas de las que se me hacía imposible despertar a tiempo, nunca logré dedicar un horario fijo a mi ejercicio pero siempre traté (incluso cuando llegué a enfermarme) de darme tiempo para ejercitarme. Me costaba mucho trabajo empezar pero al final me sentía tan bien que me prometía no dejar de hacerlo.

Mi bebé llegó tras de un hermoso pero largo trabajo de parto en el estuve muchas horas en cunclillas porque así me sentía más cómoda, me recomendaban estirar las piernas para evitar algún calambre pero nunca sentí molestias en ese sentido. Mi esposo me abrazaba y me acariciaba todo el tiempo dándome toda la fuerza y seguridad que necesitaba. Claro que cuando por fin nació mi hijo me sentía cansada pero nada que me impidiera disfrutarlo, besarlo, contenerlo y amamantarlo en el acto; por el contrario estaba feliz y llena de una energía muy especial.

Nunca me sentí mal después del parto, muchos me decían que parecía que no había parido, sólo tenía leves molestias en la espalda baja y el cuello. Traté de reposar lo más que pude pero siempre he sido muy activa, así que pude dedicarme por completo a mi bebé sin problemas lo cual fue una gran ventaja porque en las primeras semanas estaba prácticamente sola todo el día.

Entre las mis alumnos, mis amistades y conocidos, muchos de ellos ya con hijos, me dijeron que nunca recuperaría la figura que tenía antes de embarazarme y que me olvidara de seguir haciendo ejercicio porque el bebé ya no lo permitiría y lo llegué a creer porque veía a mi bebé muy pequeñito y le daba de comer a libre demanda ( a veces hasta cada hora) me preguntaba ¿Qué tiempo tendría entonces para dedicarme a mí?

A los 45 días la ginecóloga me dijo que podía empezar poco a poco con ejercicios suaves y al hacerlos, de inmediato se me quitaron las molestias que tenía. Actualmente mi bebé tiene 3 meses y hacemos ejercicios juntos desde el mes y medio. La secuencia de estos ejercicios se ha adaptado de nuevo a las condiciones actuales. Procuro que mi bebé esté descansado, limpio y sin hambre. Generalmente empezamos a bailar un poco para calentar, lo que le encanta, y después hacemos una serie de ejercicios que integran tanto los de estimulación para él como los que yo necesito. Con verme vestida de blanco o preparando el espacio donde “jugamos” sabe que ha llegado el momento y parece prepararse también él. Muy pocas veces se ha quedado dormido o hemos interrumpido para darle de comer. Poco a poco y cómo él lo va pidiendo, incrementamos el tiempo dedicado al ejercicio y procuro que lo disfrute tanto como yo.

No es sólo por indicación del pediatra que hacemos ejercicios de estimulación para él, ni porque yo quiera regresar lo antes posible a mi peso normal. Para mí es un ejemplo más, es una cuestión de educación y de fomentar en mi hijo hábitos que le permitan llevar una buena calidad de vida. Es una forma más de dedicarnos un tiempo y demostrarle todo mi amor.

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Por: Karina Ledesma

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